9 Mascotas en casa de Pilar (8ª parte)
Pilar Monedero-Fleming @MonederoFleming
Pues bien.
En casa, además de mi esposo y mi persona, vivían ahora en una iniciada explosión demográfica mi bebé (humano) Gonzalo y mi gata (felina) Lola.
Aparte estaban los “adosados”: animalillos callejeros a los que solía alimentar y mimar.
Así pues, mis salidas con el baby en su carrito consistían muchas veces en cargar de bolsas llenas de comida para perro o gato, pan para palomas, gorriones y demás pajarillos urbanos, botellas de agua y cacharros viejos los manillares del carrito infantil. Dándonos a mí y a mi nene un aire de vagabundos que hogaño hubiese sido muy apreciado en “Callejeros”.
Y callejera, bien callejera, era la fauna a la que íbamos a alimentar y hacer carantoñas; porque muchos necesitaban más el cariño que la comida.
Entre ellos destacaba por su tamaño tirando a inmenso, su fiero aspecto, su carácter agrio y sus dientes de Lobo de Caperucita, un perrazo oscuro que nos había tomado al nene y a mí un cariño tan inmenso como lo era su tamaño. Afecto que correspondíamos cada uno a su manera.

Solíamos encontrarnos con el perrazo en lugares diversos de nuestra pequeña ciudad, por ello, al no parar en sitio fijo nuestro peculiar Sabueso de los Baskerville, llevábamos siempre apartada para él una bolsa repleta de pienso, restos de chuletas y otras delicatessen que le pirraban.
En esos encuentros, tras admirar con arrobo como el enorme can daba buena cuenta de la pitanza. Proseguíamos nuestro camino, a partir de ese punto escoltados por el inmenso perro de aspecto temible, muy celoso en sus afectos, que no permitía que animales ni humanos se nos acercasen. Y a fe que no lo hacían en cuanto veían a aquel perro a nuestro lado.
La despedida en nuestro portal –por aquel entonces, y durante muchos años, vivíamos en un piso- era siempre patética: el perro intentando entrar con nosotros, yo impidiéndoselo con toda la delicadeza que la situación permitía, mi nene llorando como un descosido.
En fin, un caos en el que todos acabábamos tristes y llorosos. El corazón se nos partía al nene y a mí al separarnos del perrazo, y otro tanto parecía ocurrirle a él.
Una noche en que nos recogíamos algo tarde, vimos que en la puerta de nuestro garaje, sin apartarse apenas para no ser atropellado, confuso y asustadísimo, se acurrucaba un perrete indefinido de color y tamaño, no así en edad, ya que debía ser cachorrón.
Comentó mi marido que ya lo había visto aquella mañana temprano, en aquel mismo lugar, a pique de ser arrollado por varios vehículos.
Al iluminarlo la luz de los faros pude ver que el infante canino estaba flaco cual quijote y lucía ese tripón fruto del hambre que puede verse en los niños del Tercer Mundo.
¡Asustado, hambriento, indefenso y casi tonto!
Nos bastó con cruzar una mirada. Era un caso de conciencia urgente.
El lugar que, en mi casa, tenía reservado para que un día lo ocupase nuestro amigo, el perro enorme y temible, fue “usurpado” por esa criatura, a todas luces más indefensa, tontaina, desorientada y necesitada.
Era macho, y en un alarde de originalidad, Enrique decidió llamarlo TARZÁN.
¡Ay, Tarzán, cómo cambiarías la vida de todos con tu carita de “atontao”!

































